No es que pierdas la noción del tiempo. Es que el tiempo nunca llegó a sentirse como algo que avanza.
Mucha gente piensa que la ceguera temporal consiste en olvidarse de mirar la hora. En realidad, casi todas las personas que la viven miran la hora constantemente. El número está ahí, lo lees, lo entiendes: las 16:15. Y no pasa nada. Veinte minutos después lees las 16:35 con la misma ausencia de reacción, y en algún punto entre las dos, una hora de tu tarde se ha ido sin hacer ruido.
Esa distancia entre saber la hora y sentir el tiempo es todo el asunto. Aparece muchísimo con el TDAH —el psicólogo Russell Barkley describe el TDAH, más que como un problema de atención, como una dificultad para situarse en el tiempo—. También aparece en personas autistas, tras algunas lesiones cerebrales o en épocas de depresión en las que los días pierden los bordes.
Desde fuera parece dejadez. Dijiste que saldrías a las siete y saliste a las siete y cuarenta. Pensabas que te llevaría una hora y te llevó cuatro. La lectura obvia es que no te esforzaste lo suficiente.
Desde dentro, en ningún momento esos cuarenta minutos se sintieron como cuarenta minutos. Hubo un momento que parecía «un ratito» y luego un reloj que no estaba de acuerdo. Por eso el consejo de «tú fíjate en la hora» no sirve de nada: mirar la hora nunca fue lo que faltaba.
La ceguera temporal no es falta de esfuerzo. Es una diferencia de percepción, y a percibir no se aprende «esforzándose más».
Hacia delante, impide empezar. Una tarea cuya duración no sientes es una tarea de tamaño desconocido, y lo desconocido parece enorme. Los platos, que llevan once minutos, se quedan tres días en el fregadero porque tu cerebro los ha tasado en «una tarde entera» y se niega a abrir esa pestaña.
Hacia atrás, impide parar. Cuando estás metido en algo absorbente, nada te interrumpe: ni el hambre, ni que se haga de noche, ni la reunión. Al hiperfoco se le llama a veces superpoder, y puede serlo. Pero si destroza los horarios es porque elimina la única señal interna que la mayoría de la gente usa para salir a respirar.
Una alarma es una pared al final de un pasillo del que no ves el largo. Te dice que el tiempo se ha acabado. Nunca te dice que el tiempo se está acabando. Así que pasas toda la sesión sin saber dónde estás, luego te sobresaltas, y el sobresalto es lo bastante desagradable como para que mucha gente acabe dejando de poner alarmas.
Lo que de verdad ayuda es información continua, ambiental y que no haya que leer: algo que se vea, claramente, un poco más pequeño que hace un minuto.
Casi todas las personas con ceguera temporal guardan un montón de «pruebas» de que no son de fiar. Años de llegar tarde, de calcular mal, del mismo tono decepcionado de las mismas personas. Ese montón hace daño de verdad, así que vale la pena decirlo claro: una diferencia de percepción no es un defecto de carácter. El objetivo no es convertirte en alguien que siente el tiempo «como todo el mundo». Es poner la información en un sitio donde tus ojos la alcancen sin que tu autoestima tenga que meterse.
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